Empezar la secundaria perjudica la salud mental, y no es culpa de la adolescencia


16 de junio de 2026


Imagen ilustrativa.

Un estudio con más de 20.000 alumnos australianos demostró que el cambio de centro educativo perjudica el bienestar durante más de dos años. Y el culpable no es la pubertad; es la transición en sí misma.

Cuando un adolescente se vuelve más ansioso, pierde motivación y empieza a rendir menos en los estudios justo después de entrar en la secundaria, la reacción más habitual de los adultos a su alrededor es decir que es una fase, que ya se le pasará. Una investigación de la Universidad de Adelaida, en Australia, pone en duda precisamente esa suposición, y los datos son difíciles de ignorar.

Qué hizo diferente este estudio

La investigación siguió a más de 20.000 alumnos de centros públicos australianos durante siete años, monitorizando ocho aspectos del bienestar: felicidad, optimismo, perseverancia, compromiso cognitivo, regulación emocional, satisfacción con la vida, tristeza y preocupación.


Lo que hace que este estudio sea especialmente sólido es su metodología. En 2022, una reforma educativa en el sur de Australia hizo que los alumnos de 7º y 8º curso pasaran a la secundaria al mismo tiempo. Ese «experimento natural» permitió a los investigadores separar lo que es efecto de la edad de lo que es efecto directo del cambio de centro. Y el resultado mostró que la transición, no la madurez, es el principal factor de riesgo.

Los efectos de la transición a la secundaria

Los ocho ámbitos analizados empeoraron tras el paso a la secundaria. Los más afectados fueron el compromiso cognitivo y la perseverancia, que, en términos prácticos, son la disposición a esforzarse y la capacidad de no rendirse ante las dificultades. No es casualidad que sean también los factores más relacionados con el rendimiento escolar y el éxito en la vida adulta.


Mason Zhou, líder del estudio, explica que la transición coloca al alumno ante un punto de partida en varios frentes a la vez: un entorno nuevo, nuevas normas sociales, exigencias académicas más duras y, muchas veces, sin los profesores ni los amigos que eran su referencia en el centro anterior. Visto así, resulta más fácil entender por qué el impacto va mucho más allá de un simple período de adaptación.


Quizá lo más sorprendente sea la duración de estos efectos, que persisten durante al menos dos años. En el segundo año, justo cuando la presión académica empieza a intensificarse, el apoyo que ofrecen los centros tiende a reducirse, precisamente en el momento en que los alumnos más lo necesitan.

Los grupos más vulnerables al cambio

Aunque el descenso se observó en todos los grupos, dos destacaron por la intensidad de la caída.


Las chicas mostraron reducciones de bienestar significativamente mayores que las de los chicos. Una de las hipótesis de los investigadores es que ellas tienden a dar más importancia a las relaciones interpersonales y al sentido de pertenencia social, dos elementos especialmente afectados durante la transición.


Se observó un patrón parecido entre los alumnos de zonas rurales y remotas. Aunque partían de niveles de bienestar más altos antes del cambio, registraron reducciones persistentes, visibles incluso hasta el tercer año tras la transición. El paso de comunidades pequeñas a centros más grandes, sumado a una infraestructura de apoyo más limitada, parece intensificar este efecto.

Qué pueden hacer los centros educativos

El estudio deja claro que el apoyo a los alumnos debe ser continuo, no puntual. Las actividades de acogida realizadas al inicio del curso son importantes, pero no bastan por sí solas; los centros necesitan mantener un seguimiento activo durante al menos dos años, con especial atención en el momento en que el apoyo institucional suele disminuir.


Entre las estrategias señaladas por los investigadores se encuentran los programas de mentoría, la enseñanza explícita de técnicas de estudio y un apoyo socioemocional sensible a las diferencias de género. Para los profesores, el estudio supone una advertencia importante: la caída de la motivación o las dificultades de implicación durante el primer y el segundo año de secundaria rara vez son señales de pereza o desinterés. Muchas veces son indicio de que la transición todavía no se ha asimilado del todo.

El reportaje completo, publicado en portugués por G1, ofrece más detalles sobre la metodología y los hallazgos del estudio. Léelo aquí.  

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